Y abre sus ojos y la mira por fin…

Ha cerrado los ojos, el anciano que había sentado en el banco frente a mí, se ha levantado cuando una dulce y desgarbada abuela se ha colocado frente a él, y ha cerrado los ojos. Puede que lo haga para no ver las arrugas que surcan el rostro de la mujer, aunque la ternura con la que ha sujetado sus manos entre las suyas desmiente mi suposición. Algo me dice que lo hace para saborear el momento de tenerla entre sus brazos, de sentir el cuerpo de una mujer junto al suyo, y cuando sus dedos acarician las muñecas de la mujer y se deslizan hacia arriba me siento como una intrusa, una intrusa en el momento más erótico que he visto nunca, porque los ojos de ella brillan al recordar. Esos ojos se deslizan por las arrugas que rodean sus labios, recuerda cada sonrisa regalada por sus nietos, y cada mueca enfadada que dedicó a sus hijos. Suelta una risita y él inclina la cabeza, como si le costara escuchar aquella melodía, pero no importa porque a ella no le molesta, ella sigue recorriendo las manchas en la piel que el sol ha dejado, como recuerdo de los miles de paseos que dieron antes de atreverse a entregarse el uno al otro, de caer en el pecado de tocar su piel, para no parar nunca. Su verde mirada demasiado clara, se detiene cerca de los ojos, donde las patas de gallo le recuerdan las miradas apasionadas que él le dedicó, en cada ocasión en la que marcó aquel frágil cuerpo como suyo.

Él sigue su carrera, su leve toque, como si de una mariposa se tratara, por los brazos, ya flácidos de la mujer y recuerda con orgullo las veces que cargaron a sus hijos y ahora acarician a sus nietos. Sus dedos vuelven a sus manos donde, curiosos, recorren la marca que una quemadura dejó cuando ella se olvidó de coger un trapo antes de tocar la cazuela, una cazuela tan vieja como ellos.

Ajena a todo, la pareja no se da cuenta de que hay alguien que los observa, no sólo yo, una pareja de tórtolos se ha detenido en su vuelo y miran, intrigados, como aquella pareja de humanos se abraza, ante el murmullo de unos niños que juegan cerca de ese banco mágico, que hace posible la creación de un mundo de hadas para los ancianos que, ahora esperan como suspendidos en el tiempo, un milagro. Y ese milagro llega, en forma de beso. El hombre inclina su cabeza poblada de blanco y roza, casi sin querer tocar, los labios de la mujer. Unos labios que saben a vida, la vida que han compartido y queda aún por descubrir, porque ellos se sienten como unos chiquillos que abren los ojos, de par en par, ante lo desconocido, como quien descubre su sombra por primera vez, o cuenta las estrellas del cielo, para después soñar con ellas… ellos ya sueñan, llevan demasiados años soñando… pero no lo dejarán.

 

Y él abre sus ojos y la mira por fin, y no ve sus arrugas ni sus ojos cansados, ahora la ve. La ve igual que aquel día en el que, torpemente habló con ella por primera vez, sonríe al recordar que lo rechazó la primera vez que la invitó a bailar, y su sonrisa se hace más grande pues su mente le muestra el momento en el que por fin la pisó en la pista de baile. Y le agradece al cielo, a quien quiera que sea el que maneja los hilos de la vida, haberla encontrado. Se inclina y suavemente, besa su gastada mejilla mientras, en sus manos, deposita una flor medio aplastada, todo con cuidado, como lleva tratándola toda una vida.

Ella mira hacia abajo y su sonrisa es igual a la que dibujaba cuando tenía cuatro años y correteaba por las calles de su pueblo, sus ojos se empañan con algo parecido a las lágrimas y se lleva la flor a la nariz, donde la huele y después, coqueta, se prende la margarita al pelo. Da unos pasos hacia delante y mira sobre el hombro para guiñarle un ojo, pícara, a su marido.

Y él la sigue, como lleva haciendo desde que tiene uso de razón, primero indeciso, después con la seguridad de que el amor eterno es posible, porque el día en el que uno muera, el alma del otro abandonará su cuerpo para seguir a su amor. No importa a donde, no importa como.

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